""Tú eres Simón, el hijo del viejo Jonás. De ahora en adelante serás Pedro, que es decir lo mismo que piedra"", le dijo el Mesías al santo en su primer encuentro. Desde entonces Pedro se transformó. Iba una mañana pescando en su barca y fue visitado por Jesús, que le dijo ""Ven conmigo, cree en mí, y yo te haré pescador de almas"".
Un día, estaba Cristo con los apóstoles: ""Tú eres Pedro, y sobre ti construiré mi Iglesia"", le afirmó. Acompañó a Jesús siempre, abandonó su barca, su familia y su lugar.
En el 64 comenzó en Roma un incendio que duró seis días, destruyó la mayor parte de la ciudad. En su transcurso, Nerón cantó su poema sobre el incendio de Troya. Esto hizo creer al pueblo en la culpabilidad del emperador sobre el desastre. Para acallar las sospechas, Nerón culpó a los cristianos y se desató una sangrienta persecución. Muchos huyeron de Roma, entre ellos Pedro, estaba por salir de la ciudad cuando por la Vía Apia apareció Jesús. ""¿A dónde vas Jesús?"", le preguntó. "A Roma, a que me crucifiquen nuevamente"", respondió el Salvador.
San Pedro regresó y fue encarcelado junto a San Pablo. A Pedro, como judío, le correspondió la crucifixión. Así terminó sus días, clavado en la cruz y boca abajo, a pedido de él, por considerarse indigno de una muerte como la de Cristo.
Un ciudadano romano llamado Saulo de Tarso era un fariseo convencido que combatía y perseguía a los cristianos. Camino a la ciudad de Damasco se le apareció Jesús y le preguntó: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?"". Así se convirtió en uno de los doce apóstoles.
Se hizo bautizar con el nombre de Pablo y realizó tres viajes evangelizadores. Fue condenado a muerte junto a San Pedro.