Francia estaba en muy mala situación en esta época, estaba siendo invadida por los ingleses.
A los catorce años, Juana empezó a sentir unas voces que la llamaban, al principio no sabía quienes eran, pero luego se le aparecieron el arcángel San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita. Le decían que ella tenía que salvar a Francia y al rey. Al principio no contó esto a nadie, pero las voces insistieron fuertemente y empezó a contárselo a sus familiares y vecinos, que en principio no la creyeron.
Fue donde estaba el comandante del ejército de una ciudad cercana, le dijo que Dios la enviaba para dar un mensaje al rey, el militar no la creyó. Unos meses después, Juana volvió a presentarse ante el comandante y éste, ante la noticia de una derrota que Juana había profetizado, la envió con un escolta a que fuera a ver al rey.
Cuando llegó a la ciudad, el rey para engañarla se disfrazó de aldeano y colocó en su sitio a otro. La joven llegó al gran salón y en vez de dirigirse hacia donde estaba el reemplazo del rey, se fue directamente a donde estaba el rey disfrazado, le habló y le contó secretos que no imaginaba. Esto hizo que el rey cambiara totalmente de opinión acerca de la joven campesina.
Sólo quedaba ya Orleans por caer en manos de los ingleses, y estaba la ciudad ya sitiada por un fuerte ejército. El rey y sus militares ya creían perdida la guerra, pero Juana le pidió al monarca que le concediera a ella el mando sobre las tropas, a lo que el rey accedió. Mandó hacer la santa una bandera blanca con los nombres de Jesús y de María y al frente de diez mil hombres se dirigió hacia Orleans.
Ganaron la batalla, liberaron Orleans y luego otras muchas ciudades, no sin ser herida la santa en varias batallas.
Después de sus grandes victorias, obtuvo Juana que el rey aceptara ser coronado como jefe de toda Francia, así se hizo en Reims.
Pero llegó luego una época de sufrimientos y traiciones contra la santa. Faltaba por conquistar París, la capital, que estaba en manos del enemigo, y hacia allí se dirigió Juana con sus valientes. Pero el rey, por componendas con los enemigos, había conspirado contra ella, así que le retiró sus tropas, Juana fue herida en esa batalla y capturada por los borgoñones.
Los franceses la habían abandonado, pero los ingleses tenían gran interés por hacerla prisionera, así que pagaron más de mil monedas de oro a los borgoñones para que se la entregaran. La hicieron, con humillaciones e insultos a todas horas, sufrir y sufrir en la cárcel, hasta el punto que Juana dijo que esa cárcel fue un martirio tan cruel como nunca se habría imaginado. Pero seguía rezando y proclamando que todo lo que había hecho era por voluntad de Dios.
Ella pidió al Sumo Pontífice ser juzgada por el Papa de Roma, pero nadie quiso llevarle al Santo Padre esta noticia, y fue un tribunal exclusivamente compuesto de enemigos de la santa quien la juzgara y la acusara de brujería. Y aunque Juana declaró muchas veces que nunca había empleado brujerías y que era totalmente creyente y católica, la sentenciaron a la más terrible de las muertes, a ser quemada viva en la hoguera.
Encendieron una gran hoguera, la amarraron a un poste y la quemaron lentamente. Murió rezando, su mayor consuelo era mirar el crucifijo que un religioso le presentó y encomendarse a Nuestro Señor. Invocaba al arcángel San Miguel, al cual siempre le había tenido gran devoción y pronunciando por tres veces el nombre de Jesús, entregó su espíritu. Era el 29 de mayo del año 1431. Tenía apenas 19 años. Varios volvieron a sus casas diciendo: "Hoy hemos quemado a una santa". 23 años después su madre y sus hermanos pidieron que se reabriera otra vez aquel juicio que se había hecho contra ella. Y el Papa Calixto III nombró una comisión de juristas, los cuales declararon que la sentencia de Juana fue una injusticia.
El rey de Francia la declaró inocente y el Papa Benedicto XV la proclamó santa.