San Patricio es una figura esencial en la historia de la Iglesia de Málaga. Está confirmado que ya había cristianos en la diócesis malacitana en el siglo I.
Fue el primer obispo de la diócesis de Málaga del que hay constancia, ejerció su episcopado entre los años 290 y 307, durante el mandato del emperador romano Diocleciano. Figura el santo en las actas del Concilio de Elvira, celebrado cerca de Granada entre los años 295 y 303, también aparecen los sacerdotes de Ronda, Alhaurín el Grande, Teba y Antequera. Se refuerza en tal concilio el cristianismo de la época, se construyen más templos, los nuevos cristianos abarrotan las iglesias, y las gentes se apresuran a convertirse.
El hecho de que en el Concilio de Elvira aparecieran tantos miembros de la diócesis hace pensar que la presencia de cristianos en la provincia malagueña es mucho más antigua, ya que, en el año 250, Decio ordenó una terrible persecución religiosa. Es signo de que la iglesia en Málaga ya estaba consolidada y de que su vigor era muy fuerte desde hace tiempo. Se cree que los orígenes son incluso anteriores, ya que en el siglo I, la Bética era una de las más importantes provincias romanas, motivo más que suficiente para que el propio apóstol Santiago y San Pablo la visitaran.
San Patricio se mantuvo en su diócesis incluso durante la persecución de Diocleciano. Según se cree, fue huyendo, andando de un lado para otro, no por sentir miedo, si no con la finalidad de que la Iglesia de Málaga no perdiera su cabeza visible.
San Ciriaco y Santa Paula, patrones de Málaga, fueron martirizados a orillas del Guadalmedina durante tal persecución, en la que también fue perseguido Patricio.
Murió el santo en Francia, en la provincia de Overnia, donde se retiró sin perder la titularidad del Obispado malagueño. El papa Gregorio XVI decretó su culto público. Se celebra su fiesta el 18 de agosto.