San Cipriano nació en una rica familia pagana de Cartago. Se dedicó desde muy joven a las prácticas del ocultismo y llegó su conversión a los 35 años. Fue ordenado sacerdote, después obispo. Afrontó muchas dificultades, como las persecuciones de los emperadores Decio y Valeriano, mostrando así sus dotes de gobierno. Con los fieles que habían claudicado ante la prueba, fue severo pero no inflexible, concediéndoles el perdón después de una penitencia ejemplar.
Cipriano escribió numerosos tratados y cartas, con el deseo de edificar a la comunidad y llevar a los fieles al buen comportamiento. La Iglesia era muy querida para él. En su tratado sobre la oración del Padre nuestro, anima a rezar usando las palabras con moderación, porque Dios no escucha las palabras sino el corazón. El corazón es lo más íntimo donde Dios habla al hombre y el hombre habla a Dios; es, pues, el lugar privilegiado de la oración.
El emperador Valeriano consiguió prenderlo y ordenó que lo decapitaran, al conocer la sentencia, el 14 de septiembre del año 258, el santo dijo: "demos gracias a Dios", y los que estaban presos se ofrecieron a morir por él.
Se le pide ayuda para librarse de las maldiciones encendiéndole todos los días una vela roja para pedírselo y rezándole con mucha fe. El 16 de septiembre es su día.