Para tal fin, su mayor anhelo era ordenarse como sacerdote. Los padres salesianos lo enviaron a Buenos Aires, para que continuara sus estudios en el colegio Pío IX de Artes y Oficios. Ceferino ya maravillaba a todos los que lo conocían, por su misticismo y sus virtudes cristianas de bondad, humildad y respeto.
Cuando sólo contaba con diecisiete años, comenzó a padecer los primeros síntomas de tuberculosis. Uno de sus maestros, Monseñor Cagliero, futuro cardenal, se convirtió en su protector y trató de mitigar sus dolores con esmerados cuidados y oraciones, pero como la enfermedad no cedía, decidió llevarlo a Roma en 1904, donde se realizaría el Capítulo General Salesiano, para procurar su curación.
En la ciudad santa, Ceferino fue recibido por el Papa San Pío X el 27 de septiembre de 1904. Inmediatamente surgió una enorme simpatía entre ambos. Una vez finalizada la audiencia, el santo padre le obsequió una medalla.
También fue presentado a la reina madre Margarita de Saboya, y se convirtió en su guía en la exposición de las escuelas salesianas, momento en que la reina comentó maravillada: ""este joven es un verdadero caballero"".
Posteriormente, visitó las basílicas romanas y realizó una gira que incluyó las ciudades de Florencia y Milán. Siguió siendo un joven amable, ansioso por seguir la carrera eclesiástica. Pero la tuberculosis le originó una nueva y fatal crisis. Fue atendido por el médico personal del Papa, pero no pudo ser salvado. Falleció a los diecinueve años en la madrugada del 11 de mayo de 1905.
En el Vaticano una gran estatua lo evoca en la Basílica de San Pedro. En 1958 se inició el proceso de beatificación, donde se analiza su vida y sus milagros. Pero el pueblo ya lo ha convertido en santo, hay altares rústicos en muchos lugares de América, en donde se venera el nombre de Ceferino.
Sus restos descansan en el fortín Mercedes, en la provincia de Buenos Aires.